el blog de reseñas de Andrés Accorsi

lunes, 14 de agosto de 2017

LUNES POST-PASO

Bueno, mientras el gobierno nos secuestra los resultados de la elección en Provincia de Buenos Aires y mira para otro lado mientras Gendarmería desaparece a Santiago Maldonado, yo tengo secuestradas y desaparecidas las reseñas de los últimos dos libros que leí, por falta de tiempo para sentarme a redactarlas. El tema de no tener tiempo para redactar reseñas hace que no me den ganas de leer más libros y eso es una garrrrcha, mal. Por suerte me siguen dando de ganas de invertir esos viajes en bondi en leer literatura. Si no, me convertiría en un helecho menteplana capaz de votar a Cambiemos. Pero vamos a las reseñas, que finalmente están disponibles.
Arranco con un libro (¿qué digo “libro”? ¡Recontralibrazo!) de 2016 que se me había traspapelado: la esperadísima edición argentina de El Patito Saubón, en la versión que Carlos Nine realizó para Francia en 2009, a todo color y con muchos cambios respecto de la publicación original de los ´80. Las cuatro primeras historias son magníficas. Los textos en off, narrados por el propio Saubón, parecen una sátira a los clásicos del hard boiled norteamericano, en contraste con la estética surreal de los fondos, mientras que la violencia y la sordidez de los argumentos contrasta con la elegancia la plasticidad con la que Nine dibuja a los personajes. Esos episodios (sobre todo el cuarto, el más extenso) funcionan como un relojito, a pura belleza.
Después la serie pierde un poquito el rumbo y se reitera la fórmula “Saubón se entrevera sexualmente con la mina incorrecta y todo termina mal”, por supuesto con mucha gracia, pero sin la sorpresa ni la sofisticada ironía del primer tramo. Pero dentro de esta segunda mitad hay un episodio fundamental: Suite Pepona, una historia bizarra, inquietante y magistral, en la que Nine homenajea sin tapujos al universo de Krazy Kat y (ya que estamos) a El Eternauta. La última historieta, Viaje Sentimental, es larguísima al recontra-pedo (38 páginas, una eternidad), pero está tan bien dibujada que no querés que se termine nunca.
Como para cerrar, este es un comic totalmente único, irrepetible e idiosincrático. Es Carlos Nine desaforado, pasado de rosca, dispuesto a todo. Si te gusta Nine, lo tenés que tener sí o sí. Y si no te gusta Nine, lo tenés que leer para tratar de entender por qué no te gusta Nine, y por qué a tantos nos resulta fascinante.
Me faltaba un tomito para terminar Satellite Sam, la obra de Matt Fraction y Howard Chaykin, y la verdad que termina muy bien. Visto en perspectiva, el… 60% de lo que pasa no aporta nada a la trama central. Son personajes y situaciones que tranquilamente podrían no estar sin modificar casi en lo más mínimo el desarrollo del argumento. Pero… sabemos que tanto a Fraction como a Chaykin les gusta el protagonismo coral, las tramas accesorias, los conflictos secundarios que a veces aportan confusión (para el lector, no para ellos), tensión, humor, realismo, o simplemente excusas para que Chaykin dibuje a más minas con escasa vestimenta.
El trabajo de Chaykin acá es formidable, tanto en la narrativa como en el dibujo, rubro en el que se reencuentra con el blanco y negro para desplegar una variedad de recursos gráficos realmente pasmosa. Efectos, texturas, grisados, claroscuros… Chaykin apuesta fuerte en todo, hasta en la colita de los globos. Visualmente, no descarto que este sea el mejor Chaykin de Black Kiss para acá, mirá lo que te digo. Pero el trabajo más difícil es el que le tocó a Fraction, que se propuso escribirle a Chaykin un guión que parece de Chaykin. Como comentábamos en la reseña del Vol.1, si alguien te edita Satellite Sam omitiendo el nombre de Fraction, vos te creés SIN DUDAR UN INSTANTE que Chaykin es el autor del guión, no
Los propios autores reconocen que, con el correr de los episodios, el misterio “policial” se fue alejando del centro de la escena y Satellite Sam pasó a ser un comic acerca de los procesos internos que vive un tipo, Michael White, inmerso en una situación que no puede controlar, y acerca de esa industria naciente que era la de la televisión. Fraction le saca un enorme provecho a ese viraje: escaparle al mero “whodunnit” le abre posibilidades, lo libera, y el guionista responde con jerarquía.
Erotismo, muerte, televisión en vivo (y en blanco y negro), racismo, negocios espurios, amor, política, sexualidades alternativas, lealtades mafiosas y de las otras y un dibujo majestuoso son apenas algunos de elementos que hicieron memorable (y sumamente recomendable) a Satellite Sam. Sintonizalo.
Espero volver a postear esta semana, y si no, nos vemos el 20 y 21 en Dibujados. Gracias por el aguante.

martes, 8 de agosto de 2017

TRIPLETE DE MARTES

Ufff… por fin un minuto de paz para sentarme a redactar unas reseñas… Tengo unos días complicados y… sí, ya sé, siempre el mismo verso… Pero posta, hoy escribo estas reseñas y no tengo la más puta idea de cuándo voy a poder clavar el culo en la silla y escribir las próximas.
Arranco con Mildiu, una gema semi-oculta del glorioso Lewis Trondheim que en realidad es la tercera aventura de Lapinot, y la primera que no es editada por L´Association, el sello independiente fundado (entre otros) por el ídolo en cuestión. Mildiu sale en el sello Seuil justo antes de que los álbumes de Lapinot pasen al formato tradicional, a color, y a Dargaud. Es una obra de 1994, cuando Trondheim ya no era su propio editor pero todavía hacía lo que se le cantaba la chota.
Mildiu nos ofrece casi 140 páginas frenéticas, en las que Trondheim se propone satirizar a los relatos de aventuras que se basan en un 95% en peleas entre el Bueno y el Malo, y casi sin querer pela una obra maestra. Obviamente para esa cantidad de páginas, pasan pocas cosas. Pero no es tan importante el cuánto como el cómo. Y el cómo es maravilloso. Lapinot y su enemigo Mildiu (sí, el comic tiene el nombre del villano) combaten a espadazos, piñas y patadas en el medioevo, en un castillo lleno de trampas, recovecos peligrosos y pasadizos secretos, mientras se tiran frases desopilantes y se cruzan con otros personajes bizarros, entre ellos un hechicero cuyos conjuros hacen aún más impredecible el resultado de la cuasi-infinita pelea.
Acá te reís, te entusiasmás, vibrás al ritmo de la machaca, te mordés el labio de abajo onda “no podéssss”, y cuando llega el final aplaudís de pie. Trondheim te garantiza, como siempre, diversión de la buena y un dibujo exquisito. Me encantó volver a verlo en blanco y negro (como en La Mouche, a la cual le tira un homenaje), me cebó mucho verlo dibujar espadas, escudos y hechiceros años antes de La Mazmorra, y obviamente al tener tantas páginas para llenar, la magia que tira el francés en el armado de las secuencias es virtualmente ilimitada. Un flash alucinante.
Me vengo a Argentina, al 2016, cuando se edita Ultradeformer, un librito muy breve con varias historias cortas realizadas por Pedro Mancini. Me da la sensación de que una de las historias (Misterio de Krang) era inédita y el resto ya había aparecido en la revista Ultramundo. Como siempre, son historias al borde del delirio, bastante crípticas, con poco texto, ideas muy locas y cierto coqueteo con el comic clásico de suspenso y enigmas sobrenaturales.
Al final, entre ese cúmulo de incertidumbres, lo que queda claro es que Mancini es un dibujante con un talento increíble, una imaginación única, y que su fuerte son esos climas oscuros, enrarecidos, altamente cautivantes. Tengo más libros de Pedro sin leer, así que pronto vuelvo a explorar los bizarros paisajes de su ultramundo.
Y cierro con el Vol.18 de Bakuman, el único comic que leo el día que me lo compro, que suele ser el día que se edita. Ya no falta nada para el final y Tsugumi Ohba y Takeshi Obata dan el puntapié inicial de lo que (supongo yo) es el arco final de la serie. De un modo muy elegante, Perfect Crime Party pasa a un segundo plano y ahora la historieta que define, la que sale a patear en la definición por penales, es Reversi, una nueva creación de los incansables Muto Ashirogi ahora sí, pensada no sólo para prenderle fuego a las páginas de la Jump, sino también para convertirse en un animé exitoso…
Claro que no va a ser todo tan fácil. Están las fechas de entrega, están las excentricidades del inefable Eiji Niizuma, las roscas y los protocolos de los editores (esta vez con mucha chapa para Yujiro Hattori) y está el público que, con su preferencia, decide quién da la vuelta olímpica y quién no. Es un tomo en el que vamos a ver a los protagonistas al límite de su aguante, siempre bien complementados por las tramas que Ohba les reserva a los secundarios, cada vez más queribles. Lo único medio choto es esa secuencia con el abuelo de Mashiro, una forma bastante ramplona de recordarnos la motivación del joven dibujante, que se podría haber obviado. El resto, todo intensamente maravilloso, y dibujado como la hiper-concha de Dios. Voy a extrañar mucho a Bakuman cuando termine de salir. Mucho.
La seguimos pronto (creo).

domingo, 30 de julio de 2017

DOMINGO GRIS

La tarde está más fea que comerse un feto abortado envuelto en la camiseta de Independiente, así que aprovecho para reseñar algunos libritos que tengo leídos.
Arranco con Revolver, un trabajo de Matt Kindt que data del 2010. A lo largo de más de 160 páginas, Kindt nos invita a vivir las dos vidas paralelas de Sam, un joven fotógrafo que tiene la extraña ¿habilidad? de alternar entre dos realidades. Se va a dormir en un mundo, y se despierta en otro. Y así todo el tiempo. Uno de los mundos es limpito, próspero, ordenadísimo… y a la vez bastante frustrante en términos de la vida personal del protagonista. El “lado B” es oscuro, caótico, violento, cataclísmico… pero mucho más intenso, más estimulante, con la puerta abierta para que Sam sea algo más que un mediocre fotógrafo de eventos sociales.
Kindt arma este contrapunto con muchísimo ingenio y no tarda demasiado en pegar el volantazo que eleva enormemente el interés de Revolver: Sam aprende a sacar ventaja en una realidad de los hechos que conoce (porque los vive) en la otra. La vida de sobreviviente de ese mundo apocalíptico le enseña cosas que luego aplicará en la realidad prolijita y careta, y viceversa. Sobre el final, sin hacer ningún alarde, casi de keruza, Sam dará la estocada maestra que además lo convertirá en héroe.
Revolver es un comic repleto de ideas potentes, con una crítica social para nada disimulada, con un Kindt que te envuelve en un misterio, te lo lleva para el lado de la aventura y ya que está, te baja una línea muy interesante, vinculada a ese clima post-Torres Gemelas que se vivió en EEUU en los primeros años de este milenio. El dibujo es crudo, sin concesiones, sin el menor intento de virtuosismo. Kindt cultiva una estética muy indie: es una especie de Jeff Lemire desangelado, o un Paul Pope apurado, con menos ganas de laburar. Donde te aniquila es en la narrativa. Ahí sí, Kindt te va a enamorar, con su puesta en página clásica y su asombrosa construcción de las secuencias. Y las tonalidades de color que incorpora también suman un montón para diferenciar las dos realidades y para darle una cierta profundidad al trazo de Kindt. Recomiendo esta novela gráfica a todos los que quieran vivir las emociones de un thriller complejo, elaborado y a años luz del “más de lo mismo”.
El año pasado, entre la miríada de publicaciones de editoriales argentinas, pasó medio desapercibida La Patagonia Fusilada, una adaptación al comic de La Patagonia Rebelde, el clásico de Osvaldo Bayer. El guionista encargado de versionar la obra de Bayer fue Guido Barsi, y la verdad es que es difícil pifiarla cuando se parte de un texto tan impactante, con tanta fuerza, tan desgarrador, tan lleno datos, de emociones, de dilemas morales terribles… Por suerte a Barsi no le faltan recursos para transmitir desde la historieta las sensaciones que transmite la pluma de Bayer en el original.
El problema, en este caso, son los dibujantes. El primer tramo es el más atractivo, el que mejor fluye en términos narrativos. Lo dibuja Kundo Krunch, en un estilo donde se ven un montón de yeites heredados de Carlos Meglia y Eduardo Risso. No es grandioso, pero no está mal. El segundo tramo, dibujado por Mauro Sánchez, evidencia algunos errores menores en la anatomía y unos cuantos problemas en la narrativa, por momentos muy confusa. El tercer capítulo, que debería ser el más potente, se convierte en una sucesión de imágenes para nada bien dibujadas. Pablo Romero no sólo está lejos del nivel de dibujo que hace falta para publicar en un libro que sale a la venta, sino que además se esfuerza para que lo que cuenta resulte más aburrido que jugar al Veo-Veo con Stevie Wonder. Y el tramo final tampoco está a la altura del proyecto: dibuja José Flores, un artista con innegable calidad plástica, pero con un estilo que en historieta no me termina de cerrar y con limitaciones muy evidentes en la narrativa y la puesta en página.
Así como resulta inevitable la comparación entre La Patagonia Rebelde de Osvaldo Bayer y Los Dueños de la Tierra de David Viñas, no puedo evitar recordar lo mucho que me gustó la versión en historieta de la segunda, donde se ve un nivel de profesionalismo y una jerarquía que en La Patagonia Fusilada, lamentablemente, no abunda para nada, por lo menos en la faz gráfica.
El jueves me voy unos días a Chile, a participar de un evento. En una de esas, logro postear unas reseñitas más antes de viajar. Gracias por el aguante y hasta pronto.

miércoles, 26 de julio de 2017

A VER SI ME PONGO AL DIA…

Arranco con una breve mención al Vol.2 de Amuleto, del maestro Kazu Kibuishi. Muy interesante cómo la trama se complica de a poco, cómo se construye un ritmo muy atrapante, que da mucho espacio a la introspección y a un desarrollo de personajes notable, y a la vez te tiene todo el tiempo vibrando al ritmo de una machaca muy, muy intensa, donde nunca cede un ápice la sensación de que lo que está en juego es muy grosso, donde realmente no sabés si los buenos van a ganar, o a qué costo pueden llegar a ganar. Atrás de ese dibujo sencillo, mitad dibujo animado moderno/ mitad manga clásico, Kibuishi pela una jerarquía impresionante para el dibujo e incluso para la ilustración. Pero sobre todo para la narrativa, que es sin duda su punto más fuerte. Tengo el Vol.3 y no veo la hora de entrarle.
También breve glosa para Ventura y Nieto Atacan de Nuevo, un recopilatorio de historias muy cortitas (todas tienen dos páginas) de los maestros españoles Enrique Ventura y Miguel Angel Nieto, no muy distinto del que vimos allá por el 02/12/10. La diferencia es que acá no aparece Groucho y que las historietas son un toque anteriores, de 1986 y 1987. Ventura y su primo, el ya fallecido Nieto, fueron y son referentes absolutos de la historieta humorística y satírica española, y acá eso queda clarísimo con algunos momentos brillantes como las parodias de Prince Valiant, Tintín o de las clásicas historietas ochentosas de ciencia-ficción con bajada de línea y pretensiones de relevancia. Algunas historias quedaron un poquito ancladas a la coyuntura de su época, pero en general te podés defecar de la risa leyéndolas 30 años tarde.
Me voy a EEUU, donde en 2015 se edita el primer TPB de Southern Bastards, la creación de Jason Aaron y Jason Latour. Me gustó bastante, pero me encontré con dos limitaciones bastante evidentes: 1) no me parece que el núcleo del argumento se pueda estirar más allá de los… ocho, diez episodios como máximo. A menos que Aaron pegue un volantazo ni bien arranca el Vol.2, no veo cómo la serie puede estar por llegar al nº18. Por ahí me equivoco, pero bueno… Y 2) muchas similitudes con las obras anteriores de Aaron. Southern Bastards te va a gustar mucho más si nunca leíste Scalped y sobre todo Men of Wrath, que es con la que tiene más puntos de contacto.
El resto, todo ganancia. Hay buenos personajes, buenas situaciones, un clima perfectamente construído, mucha data sobre temas que desconocía (la cocina sureña, las ligas regionales de football americano…) y un dibujante que deja la vida en cada página. Latour se colorea a sí mismo, y logra que su paleta realce a full la impronta expresionista y el power casi descontrolado de su trazo. El dibujo de Southern Bastards no sólo es buenísimo, sino que además se parece poco al de los otros comics que hay hoy en las bateas. Sin dudas, ni bien pueda capturo el Vol.2 a ver cómo sigue esta historia de violencia, impunidad y mala leche.
Y cierro con Femme, la novelita gráfica de Matías Di Stefano y Fernando Biz publicada el año pasado en el sello Módena. De la faz gráfica me gustó la narrativa y la aplicación de los grises, y me parece que Biz derrapa cuando mete cross-hatchings u otros efectos de iluminación plasmados con el plumín o el pincel. Ahí se desvía de esa estética cuasi-manga que tan bien maneja y todo se desluce bastante.
Por el lado del guión, claramente el fuerte de Di Stefano está en los diálogos. Si te gustan los diálogos realistas, 100% auténticos, rápidamente vas a sumar a Di Stefano a la lista de los guionistas a seguir muy de cerca. Hasta cuando uno de los personajes habla en francés todo suena perfecto al oído. Después la trama y la construcción de los personajes evidencian unos cuantos problemas, algunos de ellos insalvables. Situaciones forzadas, coincidencias inverosímiles, personajes relevantes en la trama que pasan de ser y pensar una cosa a ser y pensar otra sin mayor análisis… La verdad que si te digo que el guión me atrapó o que me cerró cómo están prensentados los conflictos o cómo se resuelven, te estaría mintiendo descaradamente.
Me quedó un librito leído sin reseñar. Ya le llegará su turno. Gracias por el aguante y la seguimos pronto.

martes, 18 de julio de 2017

TRASNOCHE CONGELADA

Me está costando mucho sentarme a escribir las reseñas. No tanto leer, pero sí encontrar el momento para redactar las reseñas y subirlas al blog… Hasta acá veníamos muy bien, con 53 entradas contra las 67 del 2016, pero me parece que de acá a fin de año vamos a tener, con suerte, una entrada por semana. Una pena.
Arranco con un fuerte aplauso para Chrononauts, de Mark Millar y Sean Murphy. Una historieta sin mayores pretensiones, divertidísima, ágil, canchera, como una buena peli de superhéroes, pero sin superhéroes. Millar concentra sus energías en hacernos reir con los diálogos, siempre frescos e ingeniosos, y en impactarnos con lo grosso, lo alucinante, lo increíblemente zarpado que es poder dominar de taquito los viajes en el tiempo. Algo parecido a lo que vimos en The Time-Travelling Tourist, pero más llevado hacia la aventura. Olvidate de esos comics sesudos en los que se indaga a fondo en los bolonquis en el continuum que producen uno o varios boludos al viajar para atrás en el tiempo. Acá se distorsiona todo, Corbin Quinn y Danny Reilly van y vienen por toda la historia de la humanidad, cambiando de lugar y de época prácticamente en cada viñeta y llevándose cosas de un período histórico a otro… y no pasa nada, es todo un gran festival de la diversión.
Y eso es lo más lindo que tiene Chrononauts: se nota que Millar se divirtió un montón mientras la escribía. Seguramente se relamía pensando en los dólares que le van a dar por llevarla al cine, pero eso no lo condiciona en lo más mínimo. Chrononauts no es un comic careta, ni frío, ni especulador, sino una especie de salvajada, donde los autores laburan con total libertad en una historia que andá a saber cuánto hay que modificar para convertirla en película. No tiene la profundidad de MPH, ni la complejidad de Jupiter´s Legacy, pero para vibrar un rato con una aventura de palo y palo, está genial.
El dibujo de Sean Murphy es super-expresivo y contribuye mucho a esa sensación de salvajada que me transmitió la obra. Murphy se debe haber vuleto loco buscando locaciones para las distintas escenas, y logra llevarnos de la prehistoria a los años ´60, del imperio mongol a la New York de la década del ´20, pasando por ocho mil épocas y lugares más, todas dibujadas de modo convincente. El color de Matt Hollingsworth está bueno, pero no hay con qué darle: Murphy SIEMPRE garpa más en blanco y negro.
Me vengo a nuestro país, a 2016, cuando El Waibe publica Super Malo, un librito de pocas páginas muy loco, protagonizado por un personaje que creó cuando tenía 5 años. Esto está dibujado así nomás, sin darle bola al dibujo. Acá lo que menos le calienta al Waibe es mostrar lo bien que dibuja. La consigna parece ser contar en poquitas viñetas (generalmente seis) estas mini-historias de este monstruo limado y otros villanos deformes, cuya humanidad aflora siempre, por más que quieran parecer crueles y despiadados.
Con el correr de las (poquitas) páginas, El Waibe va deslizando la intención de que estas mini-historias no queden ahí, en ese remate tempranero, sino que sugiere una cierta cohesión, como si se tratara de una novela, más que de páginas autoconclusivas. Pero para que esa idea llegara a buen puerto, Super Malo necesitaba una extensión mucho mayor. Y de hecho, eso es lo que menos me gustó del librito: para cuando me encariñé con Super Malo, se terminó.
El propio Waibe se suma en algún momento al elenco de la historieta, como una especie de némesis heroico de Super Malo, pero este clivaje entre bueno/malo, o personaje/autor tampoco se llega a desarrollar en profundidad. Otra creación del autor, el chico con cara de culo, aparece en una página que además es la mejor dibujada de todo el libro, pero la interacción con Super Malo no pasa de esas seis viñetas. Me queda la sensación de haber visto cómo El Waibe encontró un personaje ideal para armar algo así como un universo, en torno al cual hacer girar y evolucionar a un montón de otros personajes copados, pero le dio paja llevarlo más a fondo, construirle una base más sólida y bancarlo a lo largo de más páginas hasta que cobrara una verdadera coherencia interna, una identidad narrativa que exceda el capricho o el firulete narrativo del autor.
De todos modos en estas mini-historias de seis viñetas hay no sólo buenas ideas, sino también momentos cómicos, machaca, ternura y hasta reflexiones jugadas, profundas. Si no te la baja demasiado esa estética sucia y desprolija, mezcla de un Brian Chippendale esmerado y un Sergio Langer tirado a chanta, dale una chance a Super Malo, que a nivel argumental te va a sorprender con algunas resoluciones realmente notables.
Y hasta acá llegamos. No creo que logre postear de nuevo antes del miércoles que viene, así que será hasta entonces. A los amigos de Viedma, Carmen de Patagones y otras ciudades cercanas, los invito muy especialmente a acercarse este sábado y domingo a Comarca Fest, donde voy a estar junto a un All-Star Squadron de guionistas y dibujantes argentinos, más algún doblajista mexicano de esos que no saben qué carajo es ganarse la vida laburando honestamente.

miércoles, 12 de julio de 2017

OTRA NOCHE DE MIERCOLES

Pasan los días, la vida sigue y ya tengo un par de libritos más listos para ser reseñados en este espacio.
Arranco con una obra maestra, una de esas historietas que tiene que leer todo el mundo, incluso los que jamás se interesaron por el Noveno Arte. Las Meninas, escrita por Santiago García y dibujada por Javier Olivares, es una joya, un hito, un pico. Sin dudas, marca un antes y un después en la historia del comic español y merece trascender ampiamente las fronteras de ese país.
Santiago García despliega un arsenal de recursos vastísimo, repleto de sorpresas y de riesgos bien asumidos, para que nos adentremos en la vida, la obra y la época de Diego de Velázquez, el más renombrado pintor de la esplendorosa España del Siglo XVII. Pero va mucho más allá de eso, del mero backstage de Las Meninas, el cuadro más famoso de Velázquez. La obra de García y Olivares atraviesa como una flecha incendiaria toda la historia de las artes plásticas, de la antigua Grecia hasta la actualidad. El núcleo de la trama pasa por la vida de Velázquez, pero también están Picasso, Rubens, el Españoleto, Goya, Tiziano, Apeles, Dalí… La novela encuentra argumentos más que convincentes para vincular en torno a Las Meninas a decenas de pintores, y también a figuras históricas, en un relato que traspasa fronteras y épocas a fuerza de ingenio narrativo en estado puro.
El dibujo de Olivares es poderosísimo, su dominio del claroscuro es apabullante y cuando le pone fichas al color estalla con una fuerza realmente inverosímil. Los distintos climas, las distintas épocas, los trazos de los distintos pintores… Olivares le pone su sello personal a todo, y todo se ve magnífico. La verdad que no alcanzan las palabras para recomendar esta historieta. ¿Está un poquito estirada? Sí. Hay imágenes que podrían ocupar una viñeta en una página y sin embargo ocupan una página entera. Pero son unas imágenes bellísimas, con una potencia expresiva fuera de esta realidad.
Y me vengo, como ya es costumbre, a Argentina, de la mano de la enésima publicación aparecida en el segundo semestre de 2016. Hostil y Abyecto es el único trabajo extenso que le conozco a Fernando Baldó en el rol de autor integral, y la verdad que es una gratísima sorpresa. Además del dibujo prolijo, elegante, muy realista y a la vez muy expresivo que uno espera normalmente en una historieta de Baldó, acá tenemos a un autor en estado de ebullición, dispuesto a volcar en la página lo más oscuro, lo más jodido, lo más urgente de su mundo interior.
No quiero contar nada del argumento, pero sí advertir que Hostil y Abyecto cruza un montón de límites. Es un comic transgresor y provocativo en un montón de aspectos, revulsivo en otros y hasta revolucionario, si se quiere. Tiene ese final perfecto, que le canta "quiero retruco" al final de la etapa de Grant Morrison en Animal Man, pero hasta que llegás ahí te pega tantos sopapos y tantas patadas en la entrepierna, que ya creés que estás preparado para cualquier cosa. Hay que estar muy jugado para animarse a escribir una historia como esta.
Como detalle anecdótico, Baldó usa las caras de un montón de gente del medio de la historieta argentina para los personajes secundarios e incidentales. Podríamos estar tres párrafos enumerando a dibujantes, guionistas y periodistas especializados cuyos rasgos se pueden detectar entre el elenco de Hostil y Abyecto. A mí me toca aparecer en esa secuencia del fulbito (páginas 55 a 57), incluso con diálogos en los que Baldó me hace decir varias boludeces de las que digo habitualmente en la vida real. Supongo que este, y un montón de otros “chistes internos”, no le suman absolutamente nada al lector “de a pie” que no conoce a los “referentes” del ámbito de la historieta, pero a mí me causó mucha gracia, sobre todo la aparición de Javi Hildebrandt como modelo de ropa interior.
Si creés que ya leíste todo y que ya nada te puede sorprender, probá con Hostil y Abyecto. Te vas a encontrar con una historieta de altísimo impacto, profunda, perturbadora y con grandes chances de generar adicción, y un deseo irrefrenable de volverla a leer varias veces.
Gracias por estar ahí y nos reencontramos pronto.

sábado, 8 de julio de 2017

ERA UN SABADO A LA NOCHE

Bueno, por fin un rato tranqui para sentarme a escribir las reseñas de dos libros que leí en la semana. Sí, ya sé, dos libros en una semana es muy poco, pero estuve con algunas complicaciones que me forzaron a cambiar un toque la rutina…
Arranco en España, en 2012, cuando el sello 001 Ediciones lanza Materia Oscura, un maravilloso libro que recopila once historias cortas dibujadas por el maestro David Lloyd, de distintas épocas de su carrera, a veces con guiones propios y a veces en colaboración con guionistas. Hay una historia inédita (posta, Lloyd dibujó en 1978 una historieta que recién vio la luz en 2012) y el resto proviene de distintas antologías, algunas de las cuales ya tenía y otras que no conocía.
Pero esta vez no voy a hablar puntualmente de las historias que componen el tomo, ni a contarles en cuáles me parece que Lloyd se esmeró más, o cuáles tienen guiones más redondos. Me quiero centrar en el formato, porque es algo que me parece vital para este medio. Esto que hizo 001 con Lloyd, este libro dedicado a reunir la obra dispersa de un autor importante, es algo que –a mi juicio- habría que hacer con TODOS los autores grossos. O por lo menos con… 200, o 300 autores. La inmensa mayoría de los autores que nos gustan tienen, además de esa obra emblemática (en el caso de Lloyd es, obviamente, V for Vendetta), un par de obras no tan conocidas, y un montón de historias cortas, esparcidas en varias antologías. Heavy Metal, 2000 A.D., El Víbora, Fierro, Pilote, Epic Illustrated, Cairo, Skorpio, Garo, Zero Zero, Metal Hurlant… hay miles. Y en todas aparecen (o aparecían) historias largas presentadas en fragmentos, que luego se recopilaban en álbumes o novelas gráficas, combinadas con historias cortas que muchas veces quedaban ahí, relegadas al limbo de las viejas revistas hoy difíciles de encontrar, siempre difíciles de conservar en buen estado.
Por eso esto que hizo 001 es tan importante: la obra dispersa de los grandes autores no puede permanecer eternamente desparramada por 10 ó 12 antologías. Hay que reunirla, recopilarla y ponerla a circular, aunque nunca venda tanto como esos trabajos consagratorios. En el breve tiempo en que trabajé como coordinador editorial en un sello hoy extinto, tuve el placer de soñar primero y armar después tres libros al estilo Materia Oscura: uno de Solano López, uno de Esteban Podetti y uno de Juan Sáenz Valiente. Me quedó una lista de 15 ó 20 autores más para intentar algo similar. Y me quedó también la convicción, la pasión por este tipo de libros que tanto bien le hacen a nuestras bibliotecas comiqueras. Ahora falta que una editorial de habla inglesa se interese por clonar Materia Oscura, así puedo tener estas historias en el idioma en el que fueron escritas, más allá de que la edición española tenga un traductor de lujo como es Lorenzo Díaz.
Una vez más, cierro con un libro publicado en Argentina en 2016. Esta vez se trata de La Toma, una novelita gráfica escrita y dibujada por Emilio Utrera, a quien a habíamos visto el 18/02/15, cuando me tocó leer Barras vs. Hooligans. Y muy a mi pesar, tengo que volver a criticar LO MISMO que critiqué aquella vez. Utrera tropieza por segunda vez con la misma piedra: la inaceptable desprolijidad en los textos, repletos de faltas de ortografía, letras que faltan, letras que sobran, espacios entre palabras y signos de puntuación que deberían estar y no están… Parece mentira, pero a medida que Utrera va progresando como dibujante y como narrador gráfico, sigue teniendo estos problemas de principiante a la hora de llenar los globos con palabras.
Por otro lado, el argumento es muy atractivo. Es real, es picante y -gracias al regreso de las políticas económicas neoliberales- también es urgente. En La Toma tenemos intriga, acción, violencia, humor, costumbrismo, una cierta ternura, un férreo despliegue de convicciones, una bajada de línea potente y un gran cuidado por el verosímil. Con estos elementos, y con su gran solvencia para el dibujo, Utrera nos mantiene atrapados las 72 páginas que dura la obra y hasta se da el lujo de dejarnos pensando en este tema y en estos personajes una vez que cerramos el libro.
Como en sus obras anteriores, Utrera traslada a la página su agudo sentido de la observación que le permite mantener una sensación de “esto es todo real” incluso cuando desde el trazo se propone deformar a los personajes, darles una impronta más grotesca, menos pendiente de la anatomía ortodoxa. A esto hay que sumarle muy buenas ideas para la puesta en página y un manejo notable de la mancha negra y de las tramas de grises. Así es como nos queda un trabajo visualmente muy logrado, de alto impacto y de mucha solvencia desde la base hasta la superficie.
Tengo entendido que La Toma se publicó también en Fierro. ¿Alguien se acuerda si en esa edición también estaban los errores en los textos?
Y bueno, hasta acá llegamos. ¡La seguimos pronto!

miércoles, 5 de julio de 2017

SPIDER-MAN: HOMECOMING

Ni bien terminó la peli, nos miramos con un amigo ya cuarentón y acordamos: “este no es nuestro Spider-Man, es el de la generación que descubrió a los personajes de Marvel a través de las películas”. Pero está muy bien.
De alguna manera, Jon Watts logra convencernos con un Spider-Man que no se parece casi nada al de los comics de Stan Lee. No hay Daily Bugle, no hay J. Jonah Jameson, no hay Mary Jane, no hay Gwen Stacy, no hay Harry ni Norman Osborn, hay poco “canto de amor a New York”, hay cero dilemas de poder y responsabilidad, no hay ni siquiera un flashback al ya muy gastado origen del personaje y la Tía May la verdad que tiene pocos minutos en cámara (aunque bien aprovechados por una Marisa Tomei que nos cerró el orto a los que no le poníamos muchas fichas).
Sin estos clásicos elementos, para llenar 133 minutos de película hay que explotar otra faceta del personaje. Y Homecoming trabaja fuerte (y bien) sobre dos ejes: por un lado, el aspecto del Peter Parker adolescente de 15 años, inserto en una comunidad estudiantil muy orientada al palo científico, lo que hace menos ilógico bizarreadas como que un pibe que no tiene un mango logre producir el fluido arácnido. Del lado del colegio surgen un montón de personajes secundarios, de los cuales el más interesante, el mejor logrado, es Ned, a pesar de que encarna una traición grotesca a la esencia del Peter al que amamos los comiqueros.
El otro aspecto que esta película explora a fondo es eso que vimos brevemente en Civil War: el interés de Tony Stark por encauzar el enorme potencial de Spider-Man y ayudarlo a convertirse en un superhéroe capaz de jugar en Primera y romperla. Tony, Happy y hasta Pepper tienen momentos gloriosos en la peli y le dan a Spidey un muy buen anclaje con el Universo Avengers que se viene desarrollando en el cine desde 2008. Y si tenías miedo de que Homecoming se convirtiera en Iron Man VII… la verdad es que no, que Tony y su entorno tienen peso en la trama, pero el protagonista absoluto, el que crece grosso a lo largo de la pelicula, el que define en los momentos importantes, es Peter.
¿Y qué onda el antagonista? Un giro hiper-shockeante que pega el guión cuando falta media hora para el final hace que el villano levante un vuelo alucinante y pase de ser una mera amenaza a ser prácticamente el némesis definitivo de Spider-Man. No quiero contar nada para no spoilear, y como no vi los trailers, no sé qué tanto mostraron estos acerca del argumento, qué giros son sorpresa y cuáles eran obvios para todo el mundo menos para mí. Revelo un dato que se ve en los afiches: Spidey lucha con el Vulture. Y agrego (sin spoilear nada) que el personaje está muy bien construído, con una buena motivación, planes coherentes y un verosímil sustentando por las pelis anteriores de Marvel, a las que Homecoming les saca un jugo alucinante. También aparecen otros dos villanos menores de Spider-Man, aunque a uno nunca se lo llama por su nom de guerre.
¿Chistes? ¿Sobran, faltan, están bien? Están muy bien, sobre todo porque el guión se juega mucho por la estudiantina y todos sabemos que los adolescentes en plena edad del pavo garantizan una amplia variedad de situaciones cómicas. Y el propio Spidey, ya desde su aparición en Civil War, mostró condiciones para la comedia. ¿La banda de sonido? Nada demasiado espectacular, a años luz de Guardians of the Galaxy, que es la peli que más fuerte apuesta en este rubro. Acá la rompen The Ramones con su Blitzkrieg Bop, A Flock of Seagulls con su Space Age Love Song y no mucho más.
Y último parrafito dedicado a Tom Holland, gran actor, expresivo, gracioso, dinámico, heroico cuando debe serlo, una verdadera promesa que me hizo olvidar muy rápido a Andrew Garfield y a Tobey Maguire. Glorioso verlo en todas esas poses en las que vimos a Spidey dibujado por Steve Ditko, Humberto Ramos o incluso Sal Buscema y asombroso el upgrade de poder que recibe gradualmente el personaje, que maneja en dos horas una gama de recursos que el Peter de los comics tardó… 30 ó 40 años en desarrollar. Ah, las escenas post-créditos… la primera es brillante, le sube aún más la chapa al Vulture (sí, posta, el Vulture tiene muchísima chapa). Y la segunda es un chiste… efectivo, pero que no te cambia nada si te lo perdés.
En síntesis, un peliculón para los chicos que están explorando el Universo Marvel de la mano de las versiones fílmicas, y un entretenimiento más que digno, con aciertos geniales y rupturas extrañas, con poquísimos puntos de contacto con las cinco pelis anteriores de Spidey, para los fans clásicos del personaje.

viernes, 30 de junio de 2017

NOCHE RARA DE VIERNES

Rara vez me siento a escribir un viernes a esta hora, pero este sábado viajo muy temprano a Villa Constitución para asistir a un evento y eso me obliga a levantarme a la hora a la que normalmente me acuesto. Así que, para irme a dormir a un horario razonable, me pierdo la joda de esta noche y me quedo en casa, reseñando los últimos libritos que leí…
Arranco con el Vol.2 de Ten Grand, segunda y última parte de la saga imaginada por J.M. Straczynski que empezamos a comentar allá por el 22/01/15. La verdad que esta segunda mitad me convenció bastante menos que la primera. El nivel de los diálogos sigue muy alto, pero hay demasiado diálogo. Se explican demasiadas cosas a través de los diálogos. La acción, en cambio, es poca. Hay una machaca grossa casi al final, pero lo que pasa antes y lo que pasa después le restan relevancia en la trama global. Ese equilibrio muy bien logrado en la primera parte entre el hard boiled terrenal y la runfla metafísica entre Cielo e Infierno se pierde por completo en este tramo. Straczynski se concentra en el conflicto entre ángeles y demonios y el resto pasa muy a segundo plano.
¿Qué queda de todo lo bueno que vimos en el Vol.1? Como dije antes, la calidad de los diálogos, sumada al excelente trabajo de caracterización del protagonista y a un logro no menor, que es darle un cierre coherente y satisfactorio en 12 episodios a una saga que (uno intuye) el guionista había pensado para que durara mucho más. Y el final llega de modo armónico, no es una acelerada brutal para clavar el freno un milímetro antes del precipicio, ni una estirada grotesca de una idea muy chiquita.
El dibujo recupera a Ben Templesmith, quien desapareció de la faz de la Tierra en la mitad del Vol.1 y debió ser reemplazado, ahora a cargo de breves secuencias de flashbacks, invariablemente impactantes desde lo visual, pero con menos gancho a nivel argumental. Y C.P. Smith, el que en el Vol.1 entró de suplente, acá se siente MUY titular y nos brinda las que sin duda son las mejores páginas de su carrera. Me cuesta describir lo que hace Smith con el dibujo y el color en Ten Grand, pero me atrevo a decir que es la mejor representación del Cielo y el Infierno que recuerdo haber visto en un comic. Y no mucho más. Una pena que el Vol.2 no haya alcanzado el alto grado de expectativa generado por el Vol.1, porque incluso con este bajón, no me parece que Ten Grand sea una mala historieta, para nada.
Me vengo a Argentina, a 2016, cuando sale ZOK!, una antología que reúne tres historietas autoconclusivas de 24 páginas, cada una a cargo de un autor distinto.
La primera, El Juez, nos muestra a Nahuel Amaya (el de El Hombre Cucaracha) ahora volcado a un estilo mucho más realista, con ciertas reminiscencias a la estética de Salvador Sanz. La trama me pareció lineal, sencilla, muy basada en la violencia, pero me entretuvo bastante. Lo mejor: la aplicación de los grises y el trabajo en los fondos.
La segunda, Héroes del Estiércol, es una especie de comedia costumbrista protagonizada por los recolectores de residuos de un futuro post-apocalíptico. Hay acción, machaca fuera de control, diálogos ingeniosos y chistes… pero Hurón opta por un estilo raro, a años luz del que vimos hace poco cuando leímos la biografía de José Ortega y Gasset. Un estilo de alto impacto visual (también con una aplicación formidable de las tramas de gris), pero muy confuso a nivel narrativo. Hay páginas enteras en las que no entendí un carajo de lo que estaba pasando… y era una de peleas con monstruos gigantes, no un comic metafísico ni experimental…
La tercera, Runner, es la que tiene el argumento más flojo, más obvio. Emmanuel Ortiz se queda con las peleas entre chabones musculosos y la destrucción, no se calienta mucho en proponer algo más. El dibujo tiene tropiezos menores en la anatomía y sobre todo en las expresiones faciales, pero es muy sólido en la puesta en página, en la narrativa y –acá también- en la aplicación de los grisados y de las manchas negras.
El librito es espectacular en calidad de papel, impresión, portadillas a color y demás. Le falta un poquito más de profundidad a las historias, algo que probablemente los autores consigan trabajando en equipo con guionistas, o con editores que los obliguen a ponerle tanto huevo a los guiones como el que le ponen a los dibujos.
Vuelvo la semana que viene, con nuevas reseñas. ¡Feliz segundo semestre para todos y todas!

martes, 27 de junio de 2017

LECTURAS DE INVIERNO CON CALOR

En estos días de invierno en los que hizo calor, aproveché para avanzar un poquito con las lecturas.
Loco Rabia recuperó en 2016 un clásico de Carlos Trillo y Cacho Mandrafina gestado a fines de los ´90 y que nunca se había editado en el país. Viejos Canallas es una especie de secuela de Spaghetti Brothers (o Fratelli Centobucchi, como se la conoce en algunos mercados), que se entiende perfectamente sin haber leído esa extensa serie realizada para los semanarios de la ex-Eura entre 1993 y 1997. Obviamente si leíste todo Spaghetti Brothers pescás un montón de referencias que hace Trillo en esta obra, pero al mismo tiempo, algunas de las cosas que vemos acá pueden parecerte redundantes. O sea que no sé si es mejor o peor haber leído Spaghetti Brothers.
Viejos Canallas, ambientada 25 ó 30 años después de la serie original, es una gran historia en sí misma. No sólo un cierre perfecto para la saga de estos cinco hermanos con muchos guiños a la etapa anterior. El personaje de James es el menos atractivo, y Trillo lo usa para guiar al lector por el mundo tragicómico de la familia Centobucchi, donde lo que sobra son los personajes fascinantes. Incluso con un personaje menos que en Spaghetti Brothers (porque Frank está muerto), la trama familiar que urde Trillo te atrapa desde el principio y te mantiene entusiasmado hasta el final gracias a un amplio arsenal de recursos y golpes de efecto entre los cuales destaco uno: la crueldad. Esta es una obra del Trillo jodido, el Trillo mala leche, políticamente incorrecto, capaz de regodearse en la peor mierda. El personaje de Amerigo Centobucchi (lejos, el más importante, pese a que no llega vivo al final) es el clásico personaje de este Trillo maligno: violento, depravado, sórdido, perverso, 100% irredimible ni siquiera cuando los años lo reducen a ser un viejito hecho mierda. Y el manejo apabullante del humor negro que despliega Trillo logra que las atrocidades que hace Amerigo nos causen gracia, mucha gracia, lo cual es un montón.
Hay muchísimos más logros en los guiones de Viejos Canallas, pero me quiero concentrar en el dibujo de Mandrafina, rarísimo para una obra que se publicó por primera vez en Francia. Pocos fondos, muchos primeros planos, mayoría de páginas de seis cuadros… todo muy bien dibujado, pero a años luz de lo que compran habitualmente los editores franceses. Y en los flashbacks, Cacho se va a la mierda, mal. Ahí cambia el claroscuro y la mancha por un trazo más fino, más complejo, muy basado en unas tramas exquisitas, dignas del mejor Enrique Breccia. Los guiones lo obligan a saltar todo el tiempo entre la década del ´30 y fines de los ´50 y Cacho salta sin problemas, siempre con un manejo impecable de la documentación. Un trabajo hermoso de este virtuoso del Noveno Arte.
De esta misma época (1995-97) es Breakdown, una extensa obra en cuatro tomos del sensei Takao Saito, precursor del gekiga mundialmente famoso por ser el creador de Golgo 13. Como en su obra más popular, acá no hay chistes ni elementos fantásticos. Todo se centra en dos personajes, un periodista inexperto y su jefe, un inescrupuloso director de un noticiero de TV, que sobreviven a una catástrofe sin precedentes causada por un meteorito cuyos fragmentos impactan contra la Tierra.
La calidad del dibujo es magnífica, pero la verdad que en este primer tomo la trama avanza demasiado lento. En 350 páginas Saito no hace mucho más que presentarnos a los protagonistas y al conflicto central de la obra. Me encanta la libertad que tiene, que se nota muchísimo (de hecho, Saito es su propio editor)… no me gusta tanto lo que hace con esa libertad. Secuencias enteras, páginas y páginas, que podrían tranquilamente no estar, y que probablemente, si Breakdown hubiese tenido que pasar por el filtro de un editor, no estarían. En rigor de verdad, Saito usa hasta las escenas más irrelevantes para sumarle realismo y dramatismo a lo que nos está contando. Si su objetivo es que uno se ponga nervioso, esas escenas estiradas al pedo contribuyen a lograrlo.
Pero por otro lado, el autor nos está planteando un conflicto inmenso, de escala global, del cual en 350 páginas nos mostró menos que la puntita. Entonces es válido pensar cuánto nos puede llegar a mostrar en los tres tomos que faltan y decir “¿me estoy por comer otras 1.000 páginas en las que la trama se va a arrastar con la velocidad de un caracol cuadriplégico? ¡Me voy a la mierda!”. Yo compré sólo los dos primeros tomos (los que vi en oferta), así que en cualquier momento me clavo el segundo, y en base a eso decido si busco la mitad que me falta o si cuelgo ahí. El dibujo y la narrativa son fabulosos, hay varios diálogos copados, un subtexto punzante y atractivo, pero desconfío seriamente de que, al ritmo que va Saito, le alcancen 1400 páginas para desarrollar razonablemente la historia.
Nos reencontramos pronto, con nuevas reseñas, acá en el blog. Y si este finde andás por San Nicolás o Rosario, acercate a Villa Constitución, que voy a estar ahí, participando del evento Villa Viñetas junto a autores muy grossos del ámbito nacional.

jueves, 22 de junio de 2017

JUEVES DE JOYAS

Bueno, hoy emboqué dos papongas de una calidad infrecuente.
Arranco en Francia, en 2012, cuando el imbatible Lewis Trondheim se pone la pilcha de guionista y forma equipo con Matthieu Bonhomme para realizar Texas Cowboys, una magnífica novela gráfica dividida en nueve capítulos de 16 páginas, como si fueran nueve entregas de un foletín, o un comic-book.
Como su nombre lo indica, la obra nos sitúa en Texas, en el último cuarto del Siglo XIX, la época en la que transcurren casi todas las historias de ese género llamado western, al que los franceses aman y no están dispuestos a dejar morir. Texas Cowboys se propone como desafío recuperar todos los tópicos del género: ladrones de bancos, timberos de saloon, indios zarpados, el infaltable sheriff, la clásica femme fatale, el forajido, el garca que tiene más poder que la autoridad legal… todo visto desde los ojos de otro personaje bastante típico del western: el muchacho finoli y culto de la Costa Este que viene a conocer de primera mano el legendario estado de Texas. En este caso es un pibe que trabaja como periodista en un diario de Boston y busca información para una serie de artículos sobre este habitat cuasi-salvaje. Y obviamente, Trondheim lo usa como vehículo para la identificación de nosotros, los lectores.
Todos estos personajes y muchos más se entrelazan de a poco en una trama muy atractiva, desarrollada con un ritmo muy de comic francés, con diálogos filosos, silencios elocuentes, mucha acción y también bastante introspección. Y lo más lindo: en un tono ni solemne ni tan jocoso como otras obras de Trondheim.
El dibujo de Bonhomme es sintético, como un Jean Giraud resumido a lo más básico, muy expresivo y con un gran manejo de la narrativa. El hecho de que el libro esté diseñado al estilo de un comic-book americano, con páginas que en su mayoría están divididas en seis viñetas iguales (la Gran Kirby) debería ser una complicación para un autor francés, pero Bonhomme logra que esto juegue a su favor, con habilidad maradoniana.
Al final, me dio la sensación de que los autores se quedaron cortos, que había más para contar, que esos personajes ya habían cobrado vida propia y tenían todo para seguir desarrollándose. Y no estaba muy errado: años más tarde, Trondheim y Bonhomme realizaron una secuela, a la que ya tengo en mi lista de material a capturar, vivo o muerto.
Mi interminable recorrido por el material editado en Argentina en 2016 me lleva ahora a Sereno, la primera obra como autor integral de Luciano Vecchio, consagradísimo dibujante hasta hace poco bastante desconocido acá en su país. Sereno es un comic dibujado de manera formidable, con un aprovechamiento increíble del color, de la puesta en página y del trazo limpio, elegante, poderoso y carismático que caracteriza a Vecchio. El diseño de los personajes es brillante, al igual que el de la ciudad futurista en la que transcurre la historia (y a la que estaría bueno ver un poco más, es decir, tener más secuencias en las que Vecchio se luzca también dibujando fondos). Visualmente, Sereno ofrece un montón de emociones maravillosas que muy pocos comics hechos en Argentina te pueden ofrecer.
Los guiones de Vecchio combinan con mucha solvencia la acción con la introspección. Hay machaca, como en todo comic de superhéroes, pero no pasa todo por ahí. También hay un montón de conceptos que tienen que ver con el alma, la luz interior, la trascendencia… cosas que parecen clásicas fumanchereadas de la New Age, muy bien mezcladas con un despliegue de superpoderes grandilocuentes al estilo Saint Seiya o Dragon Ball (los nombres de los ataques son fabulosos) y con elementos de una metafísica más rara, más moderna, más retorcida, más cerca de Grant Morrison que de Jodorowsky.
Episodio a episodio, Vecchio puebla al universo de Sereno con un montón de personajes (buenos, malos, más o menos) y conceptos realmente fascinantes, de modo que cuando llegás al final del tomo te queda una sóla opción: querer que se edite YA más material de este personaje, y rezar para que Vecchio produzca muchísimas historias más de Sereno sin renunciar nunca a la enorme sensibilidad autoral ni a la pasmosa calidad gráfica de esta primera entrega.
Y bueno, hasta acá llegamos por hoy. Ni bien tenga más material leído, lo comentamos por acá. Gracias y hasta pronto.

lunes, 19 de junio de 2017

GELIDA NOCHE DE LUNES

Es lunes, hace un frío de la concha de la lora y lo único que tenemos para rescatar es que, si sos asalariado, mañana martes te podés quedar en tu casa en vez de ir a laburar. El resto, todo tirando a choto, incluyéndome a mí, que vengo muy lento en esto de leer comics y reseñarlos. Es un momento complicado, donde realmente se me hace difícil encontrar los tiempos para esto que antes me salía de taquito. Paciencia…
Sigo leyendo comic yanki de 2014 como si fuera novedad. Esta vez le entré al Vol.1 de Moon Knight, el que trae los seis episodios escritos por Warren Ellis y dibujados por Declan Shalvey, el equipo que me conquistó incondicionalmente en Injection. Como lo hiciera en su momento con la gloriosa Fell, acá Ellis intenta contar en cada episodio una historia autoconclusiva. A veces le sale bien, y a veces para asegurarse de que llega a resolver todo en 20 páginas, desarrolla hasta el infinito ideas que daban para 10 ó 12. Repasemos.
El primer capítulo sirve para presentarle a Moon Knight a los nuevos lectores. Quién es, qué hace, por qué hace lo que hace y qué cambió respecto de la última vez que lo vimos. Bien, tranqui. Lo justo y necesario para convencernos de que era mejor lanzar la enésima serie de Moon Knight que contar estas historias con un personaje 100% nuevo. El segundo episodio es un choreo, una trama para ocho páginas, contada en 20. La tercera está bien, es muy sencilla, pero también bizarra y perturbadora, y funciona bien como un upgrade raro del personaje. La cuarta es otra muy buena idea… para 12 páginas, a lo sumo. Narrada en 20 es medio delictiva. La quinta directamente da vergüenza ajena, no daba ni para un back-up. Y la sexta y última es la más interesante, la más jugada a la construcción de un personaje, a la indagación en las consecuencias de las cosas que hizo Moon Knight en el pasado, la que muestra mayor interés de Ellis por el personaje, su historia y su potencial. Lástima que sea la última.
Por suerte esas historias totalmente estiradas tienen el inmenso atractivo de estar dibujadas por un Shalvey inspiradísimo, que deslumbra con la puesta en página, con los truquitos de montaje, que deja la vida en los fondos, que te devasta con las escenas de acción y que (como siempre) se complementa a la perfección con la paleta de la gloriosa Jordie Bellaire.
Después de esta etapa, viene la de Brian Wood (también muy breve), así que seguramente seguiré comprando TPBs de Moon Knight, a ver si alguno logra sorprenderme con algún enfoque realmente novedoso que no consista en limpiarse el orto con las bases que construyó para el personaje el maestro Doug Moench.
Salto a 2016, y me vengo a Argentina para leer Wampum y Wigwams, un recopilatorio de historias cortas originalmente realizadas para el mercado italiano por el guionista Gustavo Schimpp y el mito viviente, Quique Alcatena, otro de los fetiches de este blog. Son 10 relatos autoconclusivos ambientados en el norte de EEUU y sur de Canadá, los bosques dominados por los iroqueses, los mohicanos, los ottawa y otros bravos guerreros de piel roja, en los que tienen mucho peso los elementos sobrenaturales, tomados de las tradiciones, los mitos y los relatos folklóricos de estos pueblos indígenas.
En general, las historias están buenas. A veces las resoluciones son un poquito obvias: vos sabés para qué lado van a inclinar la balanza cada uno de estos elementos sobrenaturales, porque casi todos se definen de antemano como benignos o malignos, como los yokai del folklore japonés. Y a veces a los guiones les falta contundencia. Ideas que daban para 8 ó 10 páginas, narradas en 13 ó 14 pierden un poco de fuerza. Lo cual no es tanto culpa de Schimpp sino del formato que exigen las antologías italianas. La prosa de Schimpp es muy sólida (no esperes la magia de Mazzitelli), se nota su amplio conocimiento del tema y la época que explora, y siempre están las ganas de dejarte algo más que la aventura, o que la resolución de un conflicto por la vía de la violencia.
Pero, lógicamente, lo que hace indispensable a este libro es el dibujo de Alcatena. Si te aburrió la onda de fantasía épica, los mundos ficticios, o las reinterpretaciones limadas de las culturas antiguas que suele hacer Quique, esto te va a volver a enamorar, porque está todo tomado de la realidad, de la historia posta de estas culturas. Wampum y Wigwams tiene monstruos y criaturas zarpadas, pero todas están basadas en animales que existen en la naturaleza. Hasta los fantasmas y espectros tienen un rigor documental alucinante en la ropa, peinados, pinturas rituales, etc.. Las armas, las construcciones, todo está milimétricamente cuidado. Además acá Quique opta por una puesta en página más tradicional, sin esas viñetas enormes, sin esos ornamentos fastuosos que le pone a los marcos de las viñetas. Y aún así, su talento para asombrarnos con los detalles brilla en esos paisajes majestuosos, en esos árboles que parecen estar vivos, en esos rostros tallados por los años, el frío y las guerras.
Un trabajo espectacular de Alcatena, lejos de su zona de confort (¿hay alguna zona del dibujo donde Quique no se sienta cómodo?), pero con todas las pilas puestas tanto en la narrativa como en los climas y sobre todo en la reproducción de la infinita y fascinante naturaleza con la que convivieron estas tribus antes de que los blancos las exterminaran.
Vuelvo pronto con más reseñas…

miércoles, 14 de junio de 2017

OTRA TARDE DE MIERCOLES

De a poquito va retrocediendo un brote de alergia que me tuvo una noche sin poder respirar (ni dormir) y varios días sin poder mirarme al espejo. Aprovecho, entonces, para redactar las reseñas de un par de libritos que tengo leídos.
Arranco en Bélgica en 2014, cuando la dupla integrada por el guionista Yves H. y su dibujante (y papá) Hermann lanzan Estación 16, otro de esos tomos autoconclusivos con historias fuertes, esas a las que ECC les diseña unas portadas horribles cada vez que las edita en España. Comparás las portadas de la edición francesa con las de la española y los querés ir a buscar con una motosierra. Me da esa bronca visceral, esa furia ingobernable, como cuando escuché la versión de Confortably Numb de Scissor Sisters, allá por 2004. Y es un bajón, sobre todo porque la calidad de impresión es buenísima, el papel y la encuadernación son buenísimos… sólo falta que alguien les explique a los muchachos de ECC que las ilustraciones que se manda Hermann para las tapas se ven mil veces mejor que los adefesios que arma el queso que tienen como diseñador.
La historia es flashera, mal. Es como un episodio grosso de The Twilight Zone, con mucho presupuesto. Si spoilear el argumento, es una típica trama en la que los protagonistas se preparan para intervenir en una situación normal, rutinaria, un mero trámite… y resulta que nada es lo que parece, que el tiempo, el espacio y la realidad se distorsionan caprichosamente y la lógica deja de aplicarse. Yves H. articula todas estas sorpresas y golpes de impacto en torno al horror. El horror de los ensayos nucleares de la Guerra Fría y el horror de una base militar fantasma en el medio de la nada, convertida en una pesadilla radioactiva que no ofrece chances de redención. Es un guión muy bien elaborado, de difícil ejecución, a pesar de lo sencillo de la idea. Y felizmente Yves H. sale muy bien parado de la ordalía.
El maestro Hermann, una vez más, nos demuestra que no hay forma de hacerlo trastabillar en los terrenos de la aventura. El tipo sigue recorriendo épocas históricas, locaciones reales y fantásticas, climas más sórdidos o más sugestivos… y el resultado siempre es el mismo: Hermann te da cátedra y te emociona a la vez con todo lo que pone en cada viñeta y la forma en que construye cada secuencia. Como todo relato de misterio, Estación 16 funciona en buena parte por cómo se te mete en la cabeza, por las cosas que te hace sentir o flashear. Hermann entiende esto a la perfección y logra transmitir con el dibujo y el color sensaciones que tienen que ver con el frío extremo, la desesperación, el abandono, el delirio, el crack que se te produce en el bocho cuando descubrís que la lógica no funciona y que nada es lo que parece. Por supuesto, todo con la belleza clásica de su trazo y su habitual maestría en la composición de las viñetas. Seguramente Estación 16 NO sea la Obra Fundamental de la dupla, pero sin dudas es una lectura más que recomendable.
Me vengo a Argentina, a 2016, para leer el primer team-up entre dos amigos a los que banco a muerte: Alejandro Farías y Juan Bobillo. Se trata de una adaptación al comic de Viejas Ilusiones, la famosa pieza teatral escrita por Eduardo Rovner centrada en la relación entre una vieja de 92 años y su madre de 120. Es una comedia grotesca, donde todo está exagerado al límite y donde abundan los chistes de todo tipo, desde los gags físicos hasta los juegos de palabras. Por momentos, parece una historieta de La Mujer Sentada, de esas en las que Copi nos presentaba extensos diálogos entre dos personajes, bizarros laberintos discursivos que conducían inevitablemente al disparate, nunca al entendimiento. Y eso es lo mejor que tiene Viejas Ilusiones: el foco nunca se desplaza del humor. Hay una trama romántica, hay un conflicto más “de fondo”, pero todo es secundario. Lo importante son los chistes, las situaciones al filo del absurdo.
Farías se las ingenia para darle SU ritmo propio a todo este alud de diálogos desopilantes… pero son demasiados. Cuando una historia es 98% diálogos, el margen de acción de un guionista es muy poco. Me dio la sensación de que el trabajo de Alejandro se limitó a decidir cuánto texto ponía en cada viñeta, que pudo meter poco de su propia cosecha. ¿Y qué pasa cuando una historieta se ve sobrecargada de texto? Se luce poco el dibujo. Los globos de diálogo cobran un protagonismo inusitado, son grandotes, están a full de palabras… y le dan a Bobillo la excusa perfecta para dibujar poco.
Eso es lo peor que tiene Viejas Ilusiones. La forma en que desaprovecha a una bestia como Juan Bobillo. Que obviamente dibuja a unas viejas geniales, bien caricaturescas, esperpénticas, granguiñolescas… pero casi no hay otros personajes, casi no hay acción, casi no hay fondos. Hay un gran manejo de los grisados, hay recursos ingeniosos (sobre todo en el primer tercio del libro) para que veamos algo más que cabecitas hablando, pero estamos lejos de las posibilidades expresivas y sobre todo narrativas del dibujo de este virtuoso del Noveno Arte. O sea que me reí mucho, me divertí un buen rato, pero me quedé con la sensación de que esta no era una obra que requiriera una versión en historieta, sobre todo porque ofrece mu poco margen para el lucimiento de dos autores tan interesantes como son Farías y Bobillo.
Volvemos pronto, con más reseñas.

miércoles, 7 de junio de 2017

TARDE DE MIERCOLES

En unas horas me voy para Córdoba a participar una vez más de Docta Comics, pero no me quiero ir sin postear un par de reseñas en el blog.
Arranco con el Vol.1 de Deadly Class, la serie creada por Rick Remender y Wes Craig en 2014. Muy buen debut, realmente, para una idea que se apoya en una consigna muy ganchera, digna de un shonen de esos que venden fortunas, para decantarse hacia dos facetas que a mí me seducen más que la machaca sanguinolienta: por un lado, muchísimo desarrollo de personajes, muchísima indagación por parte de Remender en las motivaciones, las personalidades y las distintas formas de relacionarse con los demás que tienen los pibes de este gran elenco liderado por Marcus. Por otro lado, el compromiso social. Deadly Class transcurre en 1987, sobre el último tramo del largo y aciago gobierno de Ronald Reagan, y Remender no se pierde la oportunidad de subrayar la insensibilidad, casi la inclemencia para con los menos favorecidos que demostró aquella figura emblemática del neoliberalismo más conservador.
La trama aventurera está muy bien llevada y el hecho de que los protagonistas sean chicos de escuela secundaria está muy bien aprovechado (bandas de rock, películas, comics, experiencias con drogas, primeros pasos en materia sexual). Lo único que me gustaría criticar es la incoherencia. Se supone que esta es una serie jodida, al límite, que no se guarda nada en materia de violencia, crueldad, sordidez y mala leche. Pero eso sí, hay una pelea en las duchas (con todos los pibes en bolas) y no se ve una pija ni por accidente. Y unas páginas más tarde, uno de los villanos (un freak pasado de rosca que mete miedo en cada aparición) se está empomando a una cabra… y te enterás por los diálogos, porque en los dibujos parece cualquier cosa menos que se está empomando a una cabra. ¿Tan complicado es ser un toque más explícitos con el tema sexo, en comics repletos de puteadas, decapitaciones y destripamientos? ¿Quién puede llegar a leer un comic como Deadly Class y escandalizarse al ver una pija (o una concha)? Muy choto eso. Si tenés huevos, mostralos.
El dibujo de Wes Craig es correcto, muy deudor de Paul Pope, David Mazzucchelli, Frank Miller, pero con bastante personalidad y con riesgos alucinantes en el armado de las secuencias. En ese sentido, este canadiense es un auténtico pichón de Steranko. El trabajo de Lee Loughridge (colorista que rara vez me convence) es excelente, muy jugado a los colores planos (como en los comics de los ´80) y sobre todo a los climas. La paleta, siempre muy medida, estalla en esa secuencia en la que Marcus tiene su trip de ácido, coloreada con gran jerarquía. Veremos cómo sigue esta serie cuando consiga el Vol.2
Y me vengo a Argentina, al 2016 (la puta madre, la cantidad de títulos que salieron en Argentina en 2016… no termino nunca de leerlos). Esta vez leí Dominoes, un trabajo de Matías Chenzo realizado en el formato que hoy tanto les cuesta abordar a los autores locales: la serie episódica. Chenzo aborda episodios autoconclusivos de 6 u 8 páginas en los que abre y cierra tramas pequeñas, mientras crece por atrás una trama mayor, como para que la lectura del recopilatorio genere la sensación de estar leyendo una novela gráfica. Y le sale muy bien.
No todos los episodios son igual de buenos, pero hay una cohesión, una base. Chenzo juega con la ambigüedad de la dark fantasy británica, o con un realismo mágico latinoamericano vestido de negro y con banda de sonido de temas bajoneros de The Cure. Y de a poquito, va llevando la historia de Roger y el reloj hacia una resolución que nunca me imaginé.
Acá también, los logros más notables están en la narrativa, en los experimentos de Chenzo en materia de puesta en página y en los contrapuntos entre diálogos y silencios. El dibujo está bien (sobre todo la aplicación de los grises), aunque le falta apostarle más fuerte a una estética y bancarla, quizás virar un poco más hacia la línea sucia del Dave McKean de Cages, sin mezclarla tanto con yeites de mangakas shonen. Pero es algo que sólo requiere tiempo (el tema central de Dominoes) y a Chenzo le sobra, porque es muy joven.
A mí, en cambio, me falta. Por eso suspendo acá y me pongo hacer un montón de cosas que tengo pendientes. A la vuelta de Córdoba, nuevas reseñas. Hasta pronto.